Si fuiste niño en los ochenta o los noventa, abrir la nevera era sinónimo de encontrarse con un logotipo que parecía una flor de seis pétalos rojos. Hablamos de Yoplait, la marca de origen francés que plantó cara al gigante Danone en las estanterías de los supermercados españoles y que se convirtió en un auténtico pilar de las meriendas de toda una generación. Su textura cremosa y sus míticos envases de plástico estriado marcaron una época dorada de la alimentación láctea. Sin embargo, tras décadas de éxito incontestable, la marca desapareció por completo de las neveras de nuestro país, dejando tras de sí un regusto a nostalgia y una historia empresarial de lo más accidentada.
La trayectoria de Yoplait en España no se limitó a alimentar a los chavales, fue una de las marcas más agresivas y brillantes a la hora de utilizar el marketing de guerrilla y los regalos directos. Una estrategia que la llevó a la cima pero que no pudo salvarla cuando las reglas del juego de la distribución alimentaria cambiaron radicalmente con la llegada del nuevo siglo.
Y mientras otros se limitaban al yogur natural o de fresa, ellos se sacaron de la manga los sabores de coco, frambuesa y texturas cremosas que nos volvían locos.
De los regalos locos a los vertederos del tiempo
El éxito de la marca del grupo Sodima se cimentó sobre dos pilares: la innovación en sus productos (fueron pioneros en el yogur líquido con su mítico Yop) y una política de promociones que volvía completamente locos a los niños de la época.
Para conseguir los juguetes de Yoplait no hacía falta acumular miles de puntos durante meses, muchos venían directamente integrados en los packs o se conseguían juntando unas pocas tapas de aluminio. ¿Quién no recuerda las míticas manos locas que terminaban llenas de pelusa tras pegarlas en la pared, los visores de diapositivas con forma de brik, las pegatinas que brillaban en la oscuridad o los indios y vaqueros de plástico? Era un festival del plástico promocional que obligaba a los padres a comprar yogures industriales como si no hubiera un mañana.
El clásico envase de Yoplait de los años ochenta tenía un diseño cónico muy característico, fabricado en poliestireno blanco con rayas horizontales y el logo de la flor serigrafiado directamente en el plástico. Curiosamente, este diseño se ha convertido en una pieza de arqueología involuntaria. En los últimos años, colectivos ecologistas han documentado el hallazgo de estos envases intactos en playas y excavaciones, demostrando que el plástico de hace cuarenta años sigue tan campante, con los colores y las letras perfectamente legibles pese al paso de las décadas.
A pesar de tener el cariño del público, el destino de Yoplait en España se selló a principios de los años 2000. La marca no supo adaptarse al brutal ascenso de las marcas de distribuidor (la famosa marca blanca) abanderada por gigantes como Mercadona y su enseña Hacendado. Al perder espacio en los lineales frente a productos mucho más baratos y sufrir tensiones internas en su distribución, Yoplait tomó la drástica decisión de cerrar sus plantas y abandonar el mercado español en 2001, dejando el monopolio del recuerdo nostálgico en manos de sus competidores.
Indiscreciones: En los mentideros de la industria alimentaria siempre se ha comentado que la salida de Yoplait de España no fue solo una cuestión de números fríos, sino también de una flagrante falta de entendimiento cultural. Dicen que los directivos franceses se negaron en redondo a adaptar sus campañas de marketing al público local durante sus últimos años, empeñados en aplicar una estrategia global idéntica para París, Nueva York y Valencia. Además, se rumorea que el acuerdo de distribución con las cadenas locales españolas acabó saltando por los aires por culpa de unas exigencias de espacio en las neveras que los supermercados consideraron inaceptables, prefiriendo ceder esos huecos a sus marcas blancas, que daban menos dolores de cabeza y más rentabilidad.
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