Si fuiste niño en los noventa, tu estatus social no se medía por tu ropa, sino por el grosor del taco de plástico que llevabas en el bolsillo. Corría 1994 cuando Matutano decidió meter unos pequeños discos coleccionables dentro de sus bolsas de patatas fritas, Doritos y Cheetos. Menuda locura. De la noche a la mañana, los patios de colegio de toda España se convirtieron en auténticos casinos infantiles donde se apostaba a cara de perro, se trapicheaba y se rompían amistades por culpa de un dichoso círculo con la cara de Bugs Bunny. Cortito y al pie: la locura fue tan absoluta que cambió las reglas del juego de los aperitivos para siempre.
El origen de la fiebre y la invasión de los patios
Aunque en España nos pareció la idea más innovadora del siglo, el concepto venía rebotado del otro lado del charco con una historia bastante curiosa.
La inspiración hawaiana
El juego original se inspiró en los POG, unos cartones circulares que venían en las botellas de zumo en Hawái allá por los años 30. A principios de los 90, la matriz de PepsiCo (dueña de Matutano) compró los derechos para reconvertirlos en plástico.
La primera oleada española
La primera colección que llegó a España fue la de los Looney Tunes y los Tiny Toons. Había categorías para todos los gustos: los Tazos normales, los Super Tazos, los Mega Tazos y los codiciados Master Tazos, que eran más gordos y servían como proyectil definitivo para dar la vuelta a las torres de los rivales.
Evolución, copias y el fin de una era
La gallina de los huevos de oro de Matutano funcionaba tan bien que la marca no dejó de exprimir el formato durante años, adaptándose a las modas de cada generación.
El salto al anime
Tras los dibujos de Warner, llegaron los tazos de Chiquito de la Calzada (los míticos Fistros), los de Dragon Ball, y más tarde el fenómeno masivo de Pokémon a finales de los 90, que volvió a reventar el mercado.
La guerra de los clones
Todas las marcas quisieron su parte del pastel. Panini sacó sus Caps, Phoskitos inventó los suyos, y hasta las marcas blancas intentaron replicar el invento. Pero ninguno tenía el carisma ni el "clac" característico al golpear el suelo que tenían los de Matutano.
¿Qué pasó con ellos?
Con la llegada de los años 2000, los videojuegos portátiles, los teléfonos móviles y las normativas sobre salud infantil —que limitaban los ganchos comerciales en la comida basura— fueron apagando la fiebre. Las bolsas volvieron a traer solo patatas, para desgracia de los más nostálgicos.
Indiscreciones: En los mentideros de la industria alimentaria se comenta que la campaña de los tazos estuvo a punto de cancelarse en España antes de empezar. Las malas lenguas aseguran que los directivos de Matutano tenían pánico a que los niños se tragaran los trozos de plástico por accidente y la empresa terminara en los tribunales; por eso el tamaño final se calculó al milímetro para evitar sustos de asfixia. Además, se rumorea que en varios colegios de Madrid y Barcelona se llegó a prohibir la entrada de bolsas de patatas porque los profesores estaban hasta las narices de las peleas, los lloros por timos entre alumnos y, sobre todo, del ruido constante de los Master Tazos impactando contra el hormigón a las once de la mañana. ¡Aquello parecía Las Vegas en miniatura!
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