Si la fiebre de los tazos originales ya había puesto patas arriba los colegios, lo que ocurrió cuando Matutano consiguió los derechos de la obra de Akira Toriyama fue un nivel destructivo superior a un Kamehameha. Corría la mitad de los noventa y España entera estaba hipnotizada por las hostias que se pegaban Goku y compañía en la televisión. La marca de aperitivos olió el dinero y lanzó los tazos de Dragon Ball, Dragon Ball Z y Dragon Ball GT. ¡Qué locura! Ya no se jugaba por mero coleccionismo; a los críos se les iba la vida en defender el honor de susguerreros saiyans favoritos sobre el implacable suelo de hormigón del recreo.
La escala de poder llegó al plástico
La locura por la serie se trasladó milimétricamente a las dinámicas del juego, haciendo que las bolsas de Cheetos volaran de las estanterías de los quioscos.
Evoluciones coleccionables
Los tazos reflejaban perfectamente las sagas de la serie. Podías tener a Goku normal, pero el santo grial era conseguir sus versiones en Super Saiyan, a los androides o al temible Célula.
Innovación en el diseño
No se limitaron a los círculos planos de siempre. Llegaron los Mega Tazos y los Master Tazos con relieves espectaculares y grosores brutales. Si tenías un tazo de la Fusión o de Vegeta en estado de rabia máxima, eras el rey de la pista. Cortito y al pie: el diseño gráfico de aquellos plásticos era pura gloria bendita para la época.
El mercado negro de los supersaiyans
Las dinámicas de juego se volvieron mucho más agresivas y competitivas que con los tazos de los Looney Tunes.
Jugar "a la verdad" con un tazo de Goku en tercera transformación no era apto para cardíacos. Los niños memorizaban qué tazos tenían más peso y mejor aerodinámica para levantar las torres más altas.
Se generó una auténtica economía sumergida. Un tazo rezagado de los villanos de la saga de Freezer se podía llegar a cambiar por tres o cuatro tazos normales de Krilín o Yamcha (a los que nadie quería, las cosas como son).
Indiscreciones: Se comenta que esta colección fue una de las más rentables pero conflictivas para Matutano. Las malas lenguas aseguran que las fábricas no daban abasto y que se llegaron a reportar robos de cajas enteras de tazos antes de que se introdujeran en las bolsas de patatas. Además, se rumorea que el nivel de adicción de los críos era tal que en Japón alucinaban con el éxito del formato en España; de hecho, los ejecutivos de Toei Animation flipaban con que un trozo de plástico promocional que venía con patatas fritas tuviera más impacto y generara más peleas vecinales en Occidente que el propio merchandising oficial de las tiendas de cómics.
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