Si viviste tu infancia en el siglo pasado o a principios de los dos mil, recordarás perfectamente esa estampa tan bizarra de salir del quiosco con una chupa de cuero y una cajetilla de chocolate en la mano. Para los niños de entonces, no había nada más sofisticado que morder el papel blanco, quitarlo con los dientes y meterse entre pecho y espalda un cilindro de cacao industrial mientras ponías cara de tipo duro. Hoy en día, la sola idea de vender tabaco de juguete a menores de diez años haría que a más de un inspector le diera un parraque, pero en aquella época era el pan de cada día y nos creíamos los más listos del barrio.
La genial idea se le ocurrió nada menos que a Milton Hershey (el magnate del chocolate americano) allá por 1906. La idea era sencilla: si los adultos fuman y son cool, los niños querrán imitarlos. Y vaya si funcionó.
Lo más alucinante, es que las marcas de dulces no se cortaban un pelo. Las cajetillas de cartón imitaban descaradamente los diseños, colores y tipografías de tabaco real como Marlboro, Camel, Lucky Strike o Chesterfield. Era una escuela de futuros fumadores patrocinada por el azúcar. Cortito y al pie: la fidelidad del envoltorio era tan tremenda que más de un padre despistado le robó un "cigarro" de la mochila a su hijo pensando que era tabaco de verdad.
El día que la ley apagó el último pitillo de cacao
Como era de esperar, esta oda al tabaquismo infantil tenía los días contados a medida que la sociedad empezó a tomarse en serio la salud pública.
El fin de una era llegó en España con la famosa Ley Antitabaco. La normativa prohibió de forma fulminante la venta de dulces, juguetes o refrigerios que tuvieran forma de productos del tabaco y que resultaran atractivos para los menores.
De la noche a la mañana, las cajas con el camello y el vaquero desaparecieron de las vitrinas de metacrilato de los quioscos. Aunque algunas marcas intentaron camuflarlos rebautizándolos como "lápices de chocolate", el truco no coló y la mística de simular el humo en las mañanas de invierno se esfumó para siempre.
Indiscreciones: Siempre se ha dicho que las grandes multinacionales del humo nunca movieron un solo dedo para denunciar a las marcas de dulces por plagio de propiedad intelectual o uso de sus logotipos. Las malas lenguas aseguran que, muy al contrario, a las tabaqueras les venía de perlas que los niños jugaran con cajetillas idénticas a las suyas, ya que suponía una campaña de publicidad subliminal y fidelización brutal desde la más tierna infancia. De hecho, se rumorea que en algunos países del norte de Europa, como Finlandia, estos dulces se siguen vendiendo en los supermercados como una reliquia nostálgica y que los turistas españoles se quedan completamente locos al ver puros y pitillos de chocolate expuestos al lado de las cajas de cobro.
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