Si creciste en la España de los setenta o los ochenta, hay una sintonía grabada a fuego en tu cerebro: ese ritmo de percusión salvaje y vientos tensos que anunciaba el inicio de El hombre y la Tierra. Al frente de aquella locura estaba un tipo con un carisma tan arrollador que, entre 1971 y 1974, las encuestas decían que era el personaje más famoso del país solo por detrás de Franco. Félix Rodríguez de la Fuente no solo nos enseñó que el lobo ibérico no era el monstruo de los cuentos, sino que inventó la conciencia ecológica en una España que todavía pintaba en blanco y negro. Pero detrás de sus poéticos discursos y su mirada fija en la cámara, se escondía un rodaje extremo digno de Hollywood.
El perfeccionismo indomable en 35 milímetros
Mientras la televisión de la época se grababa en formatos baratos y rápidos, Félix se empeñó en rodar su obra magna en celuloide de 35 milímetros. Aquello costaba un Congo y mover las pesadas cámaras por los barrancos de Guadalajara era una tortura, pero gracias a esa cabezonería sus documentales siguen pareciendo modernos hoy en día.
Pero mucho antes de ser "el amigo de los animales", Félix ya se movía entre bambalinas. En 1961 trabajó como asesor de cetrería nada menos que en la película El Cid, enseñando los secretos de los halcones a los mismísimos Charlton Heston y Sofía Loren.
Para lograr planos imposibles, como el mítico ataque del águila real a un cabrito, Félix utilizaba animales criados por él desde pequeños. Estaban acostumbrados a los humanos (troquelados), lo que permitía una cercanía que en estado salvaje habría sido imposible filmar.
Una muerte de leyenda el día de su cumpleaños
La muerte de Félix el 14 de marzo de 1980 conmocionó a todo el país y cortó de raíz la infancia de una generación entera (¿quién no recuerda llorar con la canción de Enrique y Ana?). Lo más sobrecogedor del asunto es que el fatal accidente de avioneta en Alaska, mientras filmaba una carrera de trineos, ocurrió exactamente el mismo día en que cumplía 52 años.
La poética y trágica coincidencia alimentó durante décadas todo tipo de teorías. Para colmo, los técnicos que viajaban con él recordaron una frase casi profética que pronunció poco antes de subir al aparato: "Qué lugar más bello para morir". El mito se cerraba sobre sí mismo en mitad de las llanuras heladas.
Indiscreciones: En los mentideros de la televisión pública se comentó durante años que el ritmo de trabajo que exigía Félix a su equipo era tan brutal y rozaba tanto el límite que más de uno estuvo a punto de tirar la toalla. Las malas lenguas aseguran que en el rodaje del episodio "Operación Anaconda", la obsesión de Rodríguez de la Fuente por captar el plano perfecto casi le cuesta la vida cuando una serpiente gigantesca estuvo a milímetros de morderle en plena grabación. Además, se rumorea que el espectacular sistema de halcones que diseñó para limpiar de aves las pistas de la base aérea de Torrejón de Ardoz y el aeropuerto de Madrid-Barajas (y que salvó incontables vidas en la aviación) levantó unas envidias institucionales tremendas entre los científicos academicistas de la época, que no soportaban que un médico reconvertido en cetrero tuviera el apoyo masivo del público y del mismísimo gobierno.
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