A finales de los noventa y principios de los dos mil, si tenías un ordenador con conexión telefónica que pitaba al conectarse o un colega que trapicheaba con CDs grabados, era matemáticamente imposible que no te llegara una canción de El Chivi. Con letras que hacían sonrojar al mismísimo Torrente y rimas que desafiaban cualquier límite del decoro, este madrileño se convirtió, casi sin querer, en el primer fenómeno viral de la historia de Internet en España. Sin embargo, cuando el polvo de la época dorada de las descargas en eMule se asentó, el rey del desmadre acústico decidió dar un volantazo a su vida que dejó a más de uno con el pie cambiado.
El nacimiento del "Pornoautor" universitario
Corría el año 1996 cuando José Francisco Córdoba, un chaval de Madrid que estudiaba la carrera de Derecho, empezó a llevarse la guitarra a los botellones. Sus amigos le pidieron que dejase de dar la turra con baladas románticas y metiese más "salseo" al estilo del mítico Juampa y la Raja. Así nació el personaje.
Sin el respaldo de ninguna multinacional ni campaña de marketing, discos como Radikal volaron de disco duro en disco duro a la velocidad de la luz. Canciones repletas de sexo, humor bizarro y escatología pura lo convirtieron en un mito de las fiestas universitarias.
Lo que muy poca gente sabe es que, mientras llenaba salas cantando burradas inimaginables, José terminó su licenciatura en Derecho. El "pornoautor" era, a efectos legales, todo un señor abogado.
La metamorfosis: Nace José Córdoba
Pasada la fiebre de los primeros dos mil, el cuerpo le empezó a pedir un cambio de aires. Aunque de vez en cuando volvía a enfundarse el traje de gamberro (como en su regreso con el álbum Quince Sombras de Chivi), el artista decidió que era hora de enterrar a medias al personaje para empezar a firmar con su nombre real: José Córdoba.
Bajo esta nueva piel, se alejó del trazo grueso y comenzó a componer una canción de autor mucho más madura, íntima y poética, muy influenciada por grandes maestros de la sátira fina como Javier Krahe o Georges Brassens. Aunque para los medios masivos parezca haber desaparecido, el madrileño sigue al pie del cañón, recorriendo escenarios en festivales de corte nostálgico, salas independientes e incluso lanzando ingeniosas crónicas musicales en directo en redes sociales.
Indiscreciones: Se sabe de buena tinta que el mayor dolor de cabeza de José Córdoba no fue la censura, sino los primeros bulos de la red. Las malas lenguas aseguran —y él mismo lo ha confirmado con bastante amargura— que durante años circularon por la red canciones de contenido abiertamente racista o de una crueldad extrema atribuidas falsamente a su nombre mediante títulos trampa en las plataformas de descarga. Este destructivo fenómeno de las fake news primigenias le provocó la cancelación de decenas de conciertos y un daño reputacional tremendo que le costó sudor y lágrimas limpiar, demostrando que el personaje era un gamberro divertido, pero que el hombre real detrás de la guitarra tiene unos límites éticos muy claros.
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