Hubo un tiempo en el que nuestra mayor preocupación era conseguir cinco pesetas para bajar corriendo al kiosco. Si vivisteis los ochenta o los noventa, seguro que se os dibuja una sonrisa de oreja a oreja al escuchar el mítico lema: "Sabor largo, chicle blando". ¡Efectivamente! Hablamos de los inolvidables chicles Boomer, las auténticas estrellas de los patios de colegio que nos tenían a todos mascando como locos.
¿Cómo es posible que una marca que dominaba el mundo de las chucherías desapareciera de la noche a la mañana? Agarraos, que os desvelamos todos los secretos, los sabores más locos y el triste final de nuestro superhéroe elástico favorito.
El superhéroe de licra azul y los sabores que desafiaban a la ciencia
La genialidad de los chicles Boomer, creados originalmente por la mítica empresa catalana Joyco, no estaba solo en su textura blandita, sino en su campaña de marketing. ¡Nos tenían ganados! Crearon a un superhéroe de carne y hueso embutido en un traje de licra azul que se estiraba más que un chicle y que lo mismo te salvaba de un meteorito cubriendo la Tierra de goma de mascar, que te derrotaba a un osito de gominola gigante. ¡Una absoluta locura televisiva!
Pero lo que de verdad nos volvía locos era su despliegue de sabores. Había para todos los gustos, desde los clásicos hasta experimentos dignos de la fábrica de Willy Wonka:
Los reyes del mambo: El de fresa era un escándalo absoluto y el de natillas... ¡sí, habéis leído bien, chicle sabor natillas! Tenía una legión de fans incondicionales.
Aventuras frutales: Tampoco nos podemos olvidar de los exóticos modelos de coco, mandarina, kiwi o el de sandía, que te dejaba la lengua medio rara.
El rey del recreo: El bombazo definitivo llegó con el Boomer Kilométrico (luego rebautizado como Maxi Roll). Aquella cinta de chicle enrollada en una caja de plástico rosa que te permitía cortar el trozo del tamaño que quisieras... ¡Te convertía automáticamente en el jefe del colegio!
¿Qué pasó realmente? El doloroso "efecto euro" que pinchó la burbuja
Si eran tan famosos y nos encantaban a todos, ¿por qué demonios ya no podemos comprarlos? La decadencia de la marca empezó con la llegada del nuevo milenio y el dichoso cambio de moneda.
A principios de los 2000, con la entrada del euro, el chicle pasó de costar las míticas 5 pesetas a valer 5 céntimos. Aunque sobre el papel suena a calderilla, para los bolsillos infantiles supuso un encarecimiento brutal que empezó a pasar factura a las ventas. A esto se sumó que la multinacional estadounidense Wrigley compró la marca y las prioridades del mercado cambiaron por completo hacia los chicles sin azúcar y las pastillas para limpiar los dientes, dejando de lado los chicles de globo tradicionales. Tras unos años de agonía, la mítica fábrica de Tarazona, en Zaragoza, terminó cerrando sus puertas en 2009, sentenciando a nuestro héroe al rincón de la nostalgia.
Indiscreciones: Entre los círculos de coleccionistas de golosinas se comenta que la fiebre por los chicles Boomer está llegando a unos extremos de lo más surrealistas en internet. Las malas lenguas de las páginas de subastas aseguran que hay auténticos nostálgicos pagando cifras de tres dígitos por conseguir envoltorios originales de los años noventa o cajas vacías del formato kilométrico para exponerlas en sus vitrinas como si fueran obras de arte del Louvre. De hecho, existe una petición histórica en portales como Change.org con miles de firmas que implora a los actuales dueños de la patente que resuciten la receta original aunque sea para una edición limitada. Por el momento, la multinacional hace oídos sordos y solo mantiene vivos de manera muy residual un par de sabores de la gama de rollos gigantes, pero quienes conocieron los originales insisten en que el sabor actual no le llega ni a la suela del zapato al de nuestra infancia. ¡Menudo sacrilegio!
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