Si eres de los que a principios de los noventa se quedaba pegado a la pantalla escuchando la mítica sintonía de Bernardo Bonezzi, sintonizando Antena 3 cada jueves por la noche, seguro que te sabes de memoria el "Para dentro, Romerales". La serie creada por el maestro Antonio Mercero reventó todos los audímetros de la historia de nuestra televisión, alcanzando cuotas de pantalla salvajes que hoy en día parecen de ciencia ficción. Lo que no todo el mundo recuerda —o muchos prefieren olvidar en un rincón de su memoria catódica— es que catorce años después de que cerrara el cierre metálico en aquel histórico diciembre de 1995, la farmacia volvió a abrir de urgencia.
En el año 2010, coincidiendo con el vigésimo aniversario de la cadena, se estrenó Farmacia de guardia: La última guardia, una TV movie en formato película para televisión que pretendía dar un cierre definitivo, nostálgico y un pelín agridulce a las andanzas de la familia Segura-Cano. Menudo bombazo para los nostálgicos, aunque el experimento nos dejara el corazón un poco encogido.
Las claves del reencuentro: De la comedia costumbrista al drama del ladrillo
Volver a juntar a un elenco tan icónico tantos años después no era tarea fácil, y la trama decidió apostar por la cruda realidad del paso del tiempo:
Lourdes Cano contra la especulación inmobiliaria
Olvídate de los enredos ligeros de los noventa. El motor de la película era puramente dramático: el edificio donde se encontraba la botica iba a ser vendido para construir apartamentos de lujo. Nuestra querida Lourdes, interpretada por una magnífica Concha Cuetos, no podía asumir el brutal aumento del alquiler y se veía obligada a cerrar el negocio de su vida.
La cena de la rebotica
Para comunicar la trágica noticia a los suyos, Lourdes organiza una cena de despedida. Es ahí donde la película se convierte en un festival de la nostalgia, viendo cruzar la puerta de la rebotica a un Carlos Larrañaga (Adolfo Segura) que mantenía intacto su porte de calavera encantador, y a los "niños", Kike (Miguel Ángel Garzón) y Guille (Julián González), ya peinando canas (o con poco pelo, en el caso de Guille) y con sus propias vidas encarriladas.
Cameos nostálgicos a tutiplén
El metraje era un desfile constante de viejos conocidos. Desde la agente María de la Encarnación (María Garralón) hasta apariciones de clientes habituales y personajes de la época dorada que servían para arrancar una sonrisa cómplice al espectador.
El bajón de la ausencia de Mercero
Aunque el espíritu del director original flotaba en el ambiente, la dirección corrió a cargo de Manuel Estudillo. La película perdió parte de ese ritmo cómico tan milimetrado y teatral que Mercero le imprimía a la serie original, volcándose mucho más en la melancolía y el homenaje.
Indiscreciones: Se comenta que rodar esta película fue un auténtico encaje de bolillos por las agendas del reparto, pero sobre todo por el estado de salud del grandioso Carlos Larrañaga, para quien esta producción supuso uno de sus últimos grandes trabajos en la pantalla antes de dejarnos un par de años después.
Las malas lenguas aseguran, además, que el decorado original de la farmacia había sido destruido e incinerado hacía más de una década, por lo que los escenógrafos tuvieron que reconstruir la mítica rebotica y la tienda basándose puramente en cintas de vídeo VHS y fotografías de archivo de la productora. Se dice que algunos de los frascos y elementos de atrezo de las estanterías se tuvieron que pedir prestados a farmacias reales de Madrid que todavía conservaban mobiliario antiguo para que la recreación diera el pego en alta definición.
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