A mediados de los años ochenta, la ciencia ficción cinematográfica estaba obsesionada con las inteligencias artificiales rebeldes y las máquinas de matar implacables. Veníamos del trauma cibernético de Terminator (1984), por lo que la idea de un robot militar autónomo infundía de todo menos simpatía. Sin embargo, en 1986, el director John Badham (responsable de bombazos como Fiebre del sábado noche o Juegos de guerra) decidió darle la vuelta a la tortilla de silicio. El resultado fue Cortocircuito (Short Circuit), una comedia familiar de aventuras que nos regaló a uno de los personajes más carismáticos, entrañables y fotogénicos de la década: el inimitable Número 5.
La película no solo arrasó en taquilla y se convirtió en un pilar indiscutible de las sesiones de tarde televisivas y los videoclubes de barrio, sino que logró humanizar los circuitos integrados mucho antes de que Wall-E aprendiera a compactar basura. Con una mezcla perfecta de humor ligero, persecuciones militares y un sutil mensaje pacifista, la cinta se ganó un hueco eterno en el corazón de toda una generación.
Las claves de un prototipo militar con crisis de identidad
El éxito de la película radicaba en que el protagonista de metal no se sentía como un puñado de efectos especiales, sino como un actor más dentro de una trama repleta de enredos y persecuciones.
Número 5 era originalmente uno de los cinco prototipos de robots militares hiperavanzados (y armados con un mortífero láser de plasma) desarrollados por la corporación Nova Robotics. Sin embargo, tras ser alcanzado por un rayo fortuito mientras se cargaba de energía, su memoria sufre un cortocircuito que borra su programación militar, dotándolo de curiosidad, emociones y una sed insaciable de "¡datos, más datos!".
En su huida del laboratorio, el entrañable robot termina en el camión de Stephanie Speck (interpretada por Ally Sheedy, el alma rebelde de El club de los cinco), una amante de los animales que al principio lo confunde con un extraterrestre. La química entre el títere mecánico y la actriz sostenía el peso emocional de la película, especialmente cuando ella intenta protegerlo de los científicos que quieren desvalijarlo.
Los creadores del invento, interpretados por Steve Guttenberg (el eterno rostro de Loca academia de policía) y Fisher Stevens, aportaban el contrapunto cómico e intelectual. El viaje de los científicos para comprender que su máquina realmente había cobrado vida y no era un simple fallo de software dejaba algunas de las mejores líneas de diálogo de la función.
Y lejos de tirar de animaciones por ordenador (que en 1986 eran caras y rudimentarias), Número 5 cobró vida gracias al genio de los efectos visuales Syd Mead y al titánico trabajo del marionetista Eric Allard. El robot era una estructura física real y complejísima que requería hasta quince operarios controlando sus ojos, cejas de metal y brazos por control remoto para dotarlo de esa expresividad tan humana.
Indiscreciones: En Hollywood se llegó a decir que el rodaje fue una auténtica pesadilla técnica debido al "carácter" del protagonista mecánico. Las malas lenguas aseguran que los constantes fallos en los servos y las interferencias de radio con los mandos a distancia obligaban a parar la filmación cada dos por tres, lo que desquiciaba a los actores de carne y hueso. Se dice que Steve Guttenberg llegó a tomárselo tan en serio que terminó desarrollando la costumbre de hablarle y pedirle opinión al armatoste de metal incluso cuando las cámaras estaban completamente apagadas.
Además, los amantes de la polémica racial de la época recuerdan un detalle bastante espinoso de la producción. El personaje del científico indio, Ben Jabituya, fue interpretado por el actor blanco Fisher Stevens, al que tuvieron que maquillar la piel y entrenar con un profesor de dialecto para fingir el acento de Nueva Delhi.
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