A mediados de los años noventa, España entera estaba abducida por un fenómeno humorístico sin precedentes. Un cantaor malagueño de andares descoyuntados y un vocabulario inventado que mezclaba el inglés de espanglish con el costumbrismo andaluz se había convertido en el rey absoluto de la televisión gracias al programa Genio y figura. Hablamos, cómo no, de Gregorio Esteban Sánchez Fernández, el eterno Chiquito de la Calzada.
Su popularidad era tan salvaje que el productor Andrés Vicente Gómez olió el negocio a kilómetros y decidió que era el momento de meter a Chiquito en el cine. El resultado fue Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera (1996), una comedia paródica ambientada en el Viejo Oeste que, pese a lo que pudiera dictar la alta crítica cinematográfica, se convirtió en un éxito descomunal de taquilla, recaudando cientos de millones de las antiguas pesetas y arrastrando a las salas a familias enteras.
Las claves del wéstern más delirante del cine español
La película, dirigida por el veterano Álvaro Sáenz de Heredia (un experto en moldear comedias para el lucimiento de humoristas), no engañaba a nadie: era un vehículo de hora y media diseñado exclusivamente para que Chiquito soltara todo su repertorio de chistes y movimientos imposibles.
Una pareja cómica de oro
Pero el gran acierto de la cinta fue emparejar a Chiquito con Bigote Arrocet. Chiquito interpretaba a Condemor, un aristócrata francés perdido en el desierto de Nevada que ejercía de médico improvisado, mientras que Bigote era Lucas, su fiel e inseparable sirviente. La química entre ambos, basada en la improvisación y el absurdo, sostenía todo el metraje.
El argumento (sí, había uno)
Aunque a veces parecía una sucesión de sketches, la trama giraba en torno a la desaparición del místico "Chico de plata" y un mapa hacia una mina de oro que buscaba el malvado de la función, interpretado por el actor Aldo Sambrell (un habitual, curiosamente, de los auténticos spaghetti westerns de Sergio Leone).
El choque cultural definitivo
Ver a un sheriff del oeste o a unos indios nativos americanos quedarse completamente paralizados mientras un tipo vestido de dandi decimonónico les gritaba "¡No te digo trigo por no llamarte Rodrigo!", "¿Te das cuen?" o "¡Fistro pecador!" es una de las experiencias más surrealistas y puramente dadaístas de la historia del cine español.
Rodaje en escenarios míticos
Para darle empaque visual, la producción no escatimó y se trasladó a rodar a los paisajes desérticos de Almería, concretamente a Tabernas, pisando el mismo suelo que en su día pisaron Clint Eastwood o Harrison Ford.
Indiscreciones: En los mentideros del cine patrio se comenta que el rodaje fue una auténtica locura porque era prácticamente imposible seguir el guión establecido. Las malas lenguas aseguran que el director se dio por vencido a los tres días de filmación y dejar que Chiquito improvisara a su antojo, ya que el humorista se olvidaba de las líneas escritas y empezaba a encadenar chistes de su propia cosecha.
Además, se rumorea que los extras internacionales y los actores más serios del reparto no entendían absolutamente nada de lo que pasaba ni de lo que decía el protagonista, lo que provocaba ataques de risa contagiosos que obligaban a repetir las tomas decenas de veces. El éxito fue tal que dio pie a una secuela directa en el cine de terror, Brácula: Condemor II, demostrando que el fenómeno Chiquito no tenía límites ni vergüenza alguna.
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