A finales de los años ochenta, la Nochevieja en España no empezaba oficialmente hasta que dos tipos aparecían en la televisión pública haciendo sketches delirantes. Josema Yuste y Millán Salcedo, el dúo cómico Martes y Trece, tenían al país entero metido en el bolsillo. Su éxito era tan descomunal que dar el salto a la gran pantalla no era una opción, sino una obligación comercial. Así fue como en las Navidades de 1989 llegó a los cines Aquí huele a muerto... (¡pues yo no he sido!), una comedia de terror gótico y trazo grueso que se convirtió de inmediato en un auténtico cañonazo de taquilla, recaudando cientos de millones de pesetas.
Dirigida por el cineasta Álvaro Sáenz de Heredia (el auténtico especialista en traducir fenómenos de masas al lenguaje del celuloide), la película no buscaba el aplauso de los festivales internacionales de cine. Su único y sagrado objetivo era trasladar el humor físico, las voces distorsionadas y las caras imposibles de la pareja al formato de largometraje. El resultado fue una producción tan extraña como magnética que se convirtió en un pilar fundamental de los videoclubes de la época.
Las claves del caserón del terror a la española
La cinta se construyó como un homenaje paródico a los clásicos del terror de la Universal y la Hammer, pero pasado por el tamiz del humor absurdo, el costumbrismo madrileño y los chistes de brocha gorda.
La trama nos presentaba a Josema Yuste en el papel de Somoza, un aristócrata venido a menos que viaja hasta el siniestro castillo de Capra Negra en el norte de Escocia para reclamar una cuantiosa herencia tras la muerte de su tío, el Barón de Somoza. Josema explotaba aquí su faceta de galán estirado pero cobarde, un arquetipo que dominaba a la perfección.
El contrapunto perfecto lo ponía Millán Salcedo interpretando a Fausto, el criado, chófer y sufrido acompañante de Somoza. Millán campaba a sus anchas por el metraje desatando toda su galería de tics nerviosos, miradas a cámara y ruidos guturales. La química del dúo en las escenas nocturnas dentro del castillo, rodeados de telarañas, era puro oro cómico llevado al cine.
Uno de los grandes ganchos de la película fue la aparición de una criatura monstruosa de Frankenstein interpretada por el actor Paul Naschy (Jacinto Molina), una auténtica leyenda del cine de terror español. Ver al mítico rey del fantaterror patrio parodiándose a sí mismo y sufriendo las perrerías de Josema y Millán es uno de los momentos más inclasificables de nuestra cinematografía.
Y para dar empaque a la producción, el reparto contó con la participación de la actriz Ana Álvarez y de nombres clásicos de la comedia como Raúl Sender. Todo ello envuelto en una atmósfera neblinosa de estudio que, lejos de restar valor, aumentaba el encanto artesanal y entrañable de la película.
Indiscreciones: Siempre se ha dicho que el rodaje en los interiores del castillo (que se recrearon en unos conocidos estudios de Madrid) fue una fiesta constante, aunque la convivencia diaria empezó a desgastar sutilmente los engranajes del dúo. Las malas lenguas aseguran que los guionistas se daban de cabezazos contra las paredes del plató porque Josema y Millán eran incapaces de rodar dos tomas seguidas respetando el texto del libreto. La mayoría de los gags y las frases más recordadas de la película nacieron de la más pura improvisación durante las largas jornadas de filmación.
Además, se rumorea que el propio Paul Naschy aceptó el papel del monstruo encantado de la vida, pero terminó un poco harto de pasar por las sesiones de maquillaje de tres horas diarias para que luego los cómicos le destrozaran la seriedad del personaje haciéndole bromas o metiéndole morcillas fuera de guión en mitad de los planos. Eso sí, el taquillazo fue tan salvaje que la productora no tardó ni un año en repetir la fórmula exacta con la siguiente película del dúo, El robobo de la jojoya (estrenada a finales de 1990), donde ellos fueron los protagonistas absolutos antes de su separación definitiva.
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